por Hans-Hermann Hoppe*
Vivimos en la era del Imperio Americano. Este Imperio se puede estar desmoronando, pero va a mantenerse en el futuro próximo, no sólo por su poderío militar, sino, y es más importante aún, a causa de su poder ideológico. Porque el Imperio Americano ha logrado algo realmente notable: que sus creencias fundamentales han sido internalizadas en la mente de la mayoría de las personas como tabúes intelectuales. Para estar seguros, todos los gobiernos se basan en la violencia y la agresión y el gobierno de los EE.UU. no es una excepción. Ciertamente no duda en aplastar cualquier resistencia a sus caprichos legislativos. Sin embargo, sorprendentemente, el gobierno de los EE.UU. necesita en realidad poca violencia para lograr obediencia a sus órdenes, porque la inmensa mayoría de la población y en particular la de los intelectuales, quienes moldean la opinión, han adoptado un sistema de valores – y creencias – subyacente al imperio, como suyo propio.
Según el sistema de creencias, aprobado por los EE.UU., todos somos personas inteligentes y razonables frente a la misma dura realidad y comprometidos con los hechos y la verdad. Es bastante cierto que, incluso en el centro del imperio americano, en los EE.UU., las personas no vivimos en el mejor de los mundos posibles. Todavía hay muchos defectos que se deben arreglar. Sin embargo, con el sistema americano de gobierno democrático, la humanidad ha encontrado definitivamente el lugar perfecto para el marco institucional que permita el progreso continuo en el camino hacia un mundo cada vez más perfecto, y si sólo el sistema democrático americano fuese adoptado a escala mundial, el camino a la perfección sería claro y abierto en todas partes.
La única forma verdadera de gobierno legítimo es la democracia. Cualquier otra forma de gobierno es inferior. Existen monarquías, dictaduras y teocracias, y existen los señores feudales de tierras y los señores de la guerra, y puesto que cualquier gobierno es absolutamente preferible al no gobierno, los gobiernos democráticos deben a veces, por necesidad, cooperar con otros, gobiernos no democráticos. En última instancia, sin embargo, todos los gobiernos deben cambiarse de acuerdo al ideal americano, porque sólo la democracia permite el cambio pacífico y el progreso continuado.
Los gobiernos democráticos, como los de los EE.UU. y los de sus aliados europeos son inherentemente pacíficos y no van a la guerra unos contra otros. Si acaso deben ir a la guerra, sus guerras son guerras de defensa contra regímenes no democráticos agresivos, es decir, guerras con causa justa.
Por lo tanto, todos los países y territorios actualmente ocupados por las tropas americanas o las de sus aliados europeos han sido culpables de agresión, y su ocupación por tropas extranjeras es un acto de autodefensa y de liberación por parte del Occidente democrático.
La agresividad del mundo islámico, en particular, se demuestra por el hecho mismo de que gran parte del mencionado mundo islámico se encuentran bajo ocupación americana-occidental y todavía existen más zonas que provocan tal liberalizadora ocupación.
Los gobiernos democráticos son del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
En las democracias nadie gobierna sobre nadie, pero la gente se gobierna a sí misma y, por tanto, son libres. Los impuestos son contribuciones y pagos por servicios prestados por el gobierno, y evasores de impuestos son, por tanto, ladrones, que reciben los servicios sin pagar.
Albergar ladrones fugitivos es, pues, un acto de agresión contra el pueblo de quien ellos tratan de huir.
La propiedad privada, los mercados y el ánimo de lucro son instituciones buenas y útiles, pero un gobierno democrático debe procurar, a través de una legislación adecuada, que la propiedad privada y los beneficios adquiridos sean utilizados de manera socialmente responsable y que los mercados funcionen de forma eficiente. Además, los mercados y los negocios con ánimo de lucro no pueden producir bienes públicos y, por tanto, satisfacer las necesidades sociales, y no pueden cuidar de aquellos verdaderamente necesitados. Las necesidades sociales y los necesitados sólo pueden ser atendidos por el gobierno.
El gobierno por sí solo, a través de la financiación de bienes públicos y el apoyo dado a los necesitados, puede mejorar el bienestar de la población y reducir, si no eliminar la necesidad y el número de necesitados.
En particular, la política social del gobierno debe controlar el vicio privado de la especulación y la codicia. La codicia y la especulación también fueron la causa fundamental de la actual crisis económica. Financistas imprudentes crearon una exuberancia irracional en la opinión pública que ha naufragado en la realidad. Manifiestamente el mercado ha fallado, y sólo el gobierno estuvo dispuesto a salvar la situación, y sólo el gobierno, a través de una adecuada regulación y supervisión del sector bancario y los mercados financieros, puede evitar que jamás vuelva a ocurrir algo así. Los bancos y las empresas se declararon en quiebra. Pero los gobiernos y los bancos centrales estuvieron a la altura y protegieron el dinero de los ahorradores y el empleo de los trabajadores.
Asesorados por los mejores y mejor pagados economistas del mundo, los gobiernos han descubierto la causa de la crisis y ha determinado que para salir de la actual situación económica la gente debe al mismo tiempo consumir más e invertir más. Cada centavo guardado bajo el colchón es un centavo perdido para el consumo y la inversión actuales y esta manera disminuye el consumo y la inversión futuros. En una recesión, en todas circunstancias y, sobre toda consideración, el gasto debe incrementarse, y si las personas no gastan lo suficiente de su dinero, entonces el gobierno debe hacerlo por ellos con su dinero. Sabiamente, los gobiernos están preparados para hacerlo, porque sus bancos centrales pueden producir todo la liquidez necesaria. Si miles de millones de dólares o euros no lo hacen, los billones si lo harán y si los billones todavía no logran el truco entonces los trillones lo harán con seguridad. Sólo el gasto público masivo puede evitar un colapso económico que de otra manera es inevitable.
El desempleo, en particular, es el resultado del bajo consumo: cuando la gente no tiene suficiente dinero para comprar bienes de consumo ser curada, dándoles salarios más altos o más prestaciones por desempleo.
Una vez que la actual crisis económica se haya resuelto, los gobiernos pueden y deben a su vez retornar a los restantes problemas, a los verdaderamente acuciantes que enfrenta la humanidad: a la eliminación de toda injusta discriminación como último desiderátum de la igualdad democrática, y al control del medio ambiente global y, en particular, del clima mundial.
Esencialmente, todos los seres humanos somos iguales. Las diferencias son sólo aparentes, insignificantes y a flor de piel: algunos son de color blanco, otros color marrón, y negros son los de más allá, y algunos son altos y los otros cortos, algunos son hombres y las demás mujeres, algunos hablan Inglés o polaco o chino, algunos tienen cáncer o SIDA y los otros no. Estas son características humanas accidentales. A algunas personas les sucede y a otros no. Sin embargo, de esas diferencias accidentales sólo se derivan consecuencias triviales, tales como que los altos pueden alcanzar más que arriba, sólo las mujeres pueden tener hijos o que algunas personas se mueren antes que otras. Pero diferencias accidentales como éstas no tienen incidencia sistemática en los rasgos mentales, tales como la energía de motivación, la preferencia temporal o la destreza intelectual, y, como tales, carecen de poder explicativo en lo relacionado al éxito económico y social: en particular, ingresos, situación profesional y posición social. Los rasgos mentales no tienen una base física, biológica o étnica y son infinitamente maleables. Todos, a excepción de algunos casos patológicos, son como todo el mundo a este respecto, y todos los pueblos, a través de la historia, han hecho igual contribución a la civilización. Aparentemente las evidentes diferencias son únicamente el resultado de diferentes circunstancias externas y de oportunidades de entrenamiento. Si se está adecuadamente localizado y entrenado, todo el mundo es capaz de los mismos logros. Todas las diferencias en ingresos y logros entre blancos, asiáticos y negros, hombres y mujeres, latinos, anglos y tailandeses, e hindúes, protestantes y musulmanes se desvanecerían. Los blancos podrían ser llevados a competir a la par de los negros por los más altos premios en la NBA, en las competencias de 100 metros y en carreras de larga distancia, y los negros podían competir con los blancos y los asiáticos en matemáticas, ajedrez e ingeniería. Si en cambio se comprueba que la representación y distribución de los diversos grupos sociales accidentales en diversas posiciones de renta, patrimonio o status profesional es desigual entonces se demuestra una discriminación injustificada, y ese tipo de discriminación debe ser rectificado con programas de acción afirmativa, por medio de los cuales los discriminadores deben indemnizar a la injustamente discriminados.
Sólo hay una posible excepción a este principio general de la igualdad humana y el demonio de la discriminación. Porque, más allá de toda duda razonable, hubo un crimen en la historia, cometido por una gente en particular contra otra gente en particular, que no es comparable a ningún otro delito. No se puede excluir que esta especifica disposición criminal por parte de una gente tenga raíces genéticas, y en la medida en que esta posibilidad no puede descartarse, es justo que quienes son colectivamente culpables continúen compensando a las víctimas colectivas.
De la mano con los esfuerzos para erradicar el mal de la discriminación, los gobiernos democráticos deben hacer frente a la tarea fundamental de superar el particularismo excesivo humanos – el individualismo, localismo, provincialismo, regionalismo y nacionalismo – todavía arraigados en las mentes de la mayoría de las personas y promover en su lugar el ideal del universalismo, del hombre universal y de los intereses de la humanidad como tal. La necesidad de esta política se demuestra más dramática por los peligros del cambio climático global. Como resultado de innumerables actos egoístas: la producción y la utilización no reguladas de varias fuentes no renovables de energía, el globo está amenazado por catástrofes inimaginables: maremotos, el brusco y repentino aumento del nivel del mar y la aparición de trascendentales desequilibrios y desbalances ecológicos.
Sólo a través de una acción gubernamental concertada y, en última instancia la creación de un gobierno mundial supra-nacional, y a través de minuciosas regulaciones al comportamiento en la producción y el consumo, validadas científicamente, de cumplimiento forzoso y administradas por todo el orbe, podrían evitarse tan amenazantes y mortales peligros. Gemeinwohl (bienestar público) geht vor (viene antes) Eigenwohl (bienestar privado) – esto, sobre todo, es lo que el problema del cambio climático demuestra, y es el gobierno quien finalmente tendrá que poner este principio en acción.
La Sociedad Propiedad y Libertad – y sin duda yo, personalmente – consideramos todo esto no sólo una locura: sino un total absurdo y una peligrosa falta de sentido común. Sin embargo, esto es esencialmente lo que podemos escuchar y leer día tras día en los principales medios de comunicación y lo que es proclamado por cada experto y respetable eminencia. Sólo pocas personas pueden ver a través de toda la farsa y muchos menos tienen la valentía de hablar en contra de ella. Es el objetivo de la Sociedad Propiedad y Libertad y sus encuentros es reunir a estas personas, atacar frontalmente toda esta locura y a la clase dominante que la perpetra contra nosotros – y divertirnos haciéndolo, al menos mientras aún se nos permita la diversión.
* Hans-Hermann Hoppe (www.HansHoppe.com) es Presidente de la Sociedad Propiedad y Libertad. El presente ensayo fue entregado como discurso introductorio y pronunciado en la Sociedad Propiedad y Libertad en la reunión anual, en Bodrum, Turquía, el 21 de mayo de 2009.
TRADUCIDO POR RODRIGO DIAZ